La producción plástica de Jacobo Fijman exige ser considerada con la misma autonomía y densidad que su poesía, y no como una consecuencia de su internación psiquiátrica.
Él mismo entendía ambas prácticas como partes de una única experiencia creadora.
En esta obra la figura no está simplemente deformada, sino sometida a una desarticulación deliberada.
La línea delimita el cuerpo y al mismo tiempo lo atraviesa, lo fragmenta y vuelve inestables sus contornos.
Figura y fondo parecen contaminarse mutuamente.
La importancia de la obra reside en la coherencia de un lenguaje plástico que Fijman sostuvo durante décadas y que todavía permanece eclipsado por el peso de su poesía y de su propia biografía.